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Material didáctico: un puente entre conocer y jugar

María Luz Turriaga. 07-10-2008

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 Resumen

¿Ve usted la diferencia entre proponer a sus alumnos que resuelvan un problema matemático o que participen de un determinado juego? Este artículo se adentra en la discusión entre entender el juego como una pérdida de tiempo y la postura que lo defiende como la mejor manera de construir un aprendizaje significativo. Lea aquí algunas indicaciones para lograr que sus alumnos dominen el uso de los números enteros a partir del uso de material didáctico en los juegos matemáticos. El artículo brinda argumentos par dar a los alumnos la posibilidad de interpretar, analizar e integrar conceptos, principios y propiedades de los números positivos y negativos. Funde una buena base de comprensión en sus alumnos para que el futuro con el Álgebra sea un terreno donde ellos posean herramientas diversas para la comprensión y el estudio.

 
Material didáctico: un puente entre conocer y jugar
Por muchos años y, tal vez desde que las matemáticas se empezaron a impartir a jóvenes y adolescentes, los números enteros positivos y negativos se manejan con una recta numérica a partir del cero, en donde los números positivos están ubicados a la derecha y los enteros negativos a su izquierda (Baldor,9). En el esquema anterior, mientras más grande es el entero positivo, su ubicación está más lejos del cero –y obviamente a su derecha–; por el contrario, mientras más pequeño es el entero negativo, éste se aleja más del cero, hacia la izquierda.

Esta estructura, por estar bien organizada, es fácilmente comprensible para los estudiantes. Sin embargo, la pedagogía matemática –obedeciendo a un sentido más constructivista– ha desarrollado otras alternativas para expresar lo positivo y lo negativo: el tiempo transcurrido antes y después de Cristo, representado por una “línea de tiempo” (Baldor, 9) o las temperaturas bajo y sobre cero en el termómetro graduado (Crespi, 120). Tales estructuras, tan lineales como la mencionada al principio, aplicables y fáciles de entender en cuanto a la comprensión del número entero y en cuanto a la operatividad de sumas y restas, deberían también poder aplicarse a la multiplicación y a la división (¿qué significado tiene para el alumno “-3 por -4” en estas estructuras lineales?). Aparentemente, en este momento no hay otro camino que mecanizar el aprendizaje de dichas operaciones; sin embargo, algunas investigaciones recientes y la experiencia en el aula señalan que es imperativo disponer de material didáctico como alternativa para conceptuarlas y procesarlas. Tal alternativa debe, por sobre todo, convencer a los alumnos de la facilidad de manejar números enteros.

Existen dos aspectos importantes en la didáctica de las matemáticas: los problemas y los juegos. Frente a estos dos términos hay reacciones diversas por parte de alumnos y profesores: cada vez que el alumno escucha un problema, siente miedo y –a veces– se niega a seguir; al contrario, cuando le hablan de juego, sus sentimientos son totalmente diferentes, siente una gran motivación , quiere seguir con la actividad y se siente relajado. El profesor muchas veces tiene un prejuicio frente al juego, puesto que éste es relacionado por mucha gente con una actividad poco trascendente y muy infantil (Abrantes, 38-40).

En este momento nos enfrentamos con el problema de que hay dos posiciones opuestas cuando se trabaja con material didáctico. Por un lado, se piensa que jugar es perder el tiempo y, por el otro lado, se cree que el uso de material didáctico (que invita al aprendizaje a través del juego) es la mejor manera de construir un aprendizaje significativo. No quisiera ir más allá sin antes hacer una reflexión sobre la intención del maestro. Todo depende de dicha intención: si éste trabaja con una severa fundamentación científica y una actitud espiritual particular, posiblemente este trabajo o juego se enmarcará en una teoría pedagógica experiencial cercana a la de la educación nueva, de John Dewey (Aguilar, 68-72)

  “La filosofía de la educación no es un pariente pobre de la filosofía general, aunque a menudo la traten así los filósofos; es, en definitiva, el aspecto más significativo de la filosofía. En efecto, el conocimiento se obtiene a través de procesos educativos que no terminan en la simple adquisición de conocimientos y formas relacionadas de hábitos sino que tienden a integrar el conocimiento adquirido en disposiciones y actitudes duraderas.” (Aguilar, 71).



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